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jueves, 7 de agosto de 2014

Urano

Me enfadé tanto cuando vi
aparecer al tiempo que me arrebataba
de tu lado, que te lancé

con odio: ¡Te amo!


*Cronos es el hijo predilecto de la Tierra*
*Rompe con el abrazo incestuoso de Urano*
*El tiempo separador universal*
*El tiempo castrador universal*
*Abrazo, separación y castración dan origen a Afrodita (deseo), en relación con el padre primordial Océano - Caos, y las Erinias (culpa), en relación a la madre Tierra*

jueves, 12 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (5/5): Prometeo en la dialéctica del amor

PROMETEO EN LA DIALÉCTICA DEL AMOR

¿Cuál es el objeto de amor de Prometeo? En la contienda entre titanes y dioses, se puso del lado de los dioses. En el debate entre dioses y hombres, se puso del lado de los hombres, ¿o no? Podríamos situar al sabio Prometeo siempre del lado de Zeus, a pesar de la ignorancia de éste. Cierto es que ninguna generación olímpica de hombres prosperó salvo la generada con la colaboración de Prometeo. Podemos poner también que el objeto de amor de Prometeo es la generación nueva, de ahí la relación con su castigo: la perpetua regeneración de su hígado.

Si el objeto de amor fuera Zeus, comprobamos que renuncia a todo rastro de correspondencia. No es amado, ni por los titanes ni por la incomprensión de Zeus. Parecería que su opción es la más justa en cada momento. Si Prometeo representa entonces la posición ética, ésta está asociada a la idea del perpetuo sufrimiento, tanto en su herida en el costado como en la herida de Quirón de la que consigue su segunda inmortalidad. También se enlazaría a él la idea del exilio, precisamente al borde de Océano, en el Cáucaso.
No hay en el relato ninguna consideración de afecto desde el hombre hacia Prometeo, ninguna gratitud. Y eso, a pesar de tantas generaciones que hubieran podido aportar cierta simpatía al sentirse creados y protegidos por sus actos. En la formación del mito no prosperó ningún matiz que lo situara en una posición de amado. Sólo a través de la piedad de Heracles (el semidiós por excelencia) Prometeo recupera su status entre los dioses. ¿Podemos interpretar el castigo en el Cáucaso como una posición de amado y la liberación de Heracles como la intervención de un brazo amante? ¿O bien Heracles es la consumación del mito de Prometeo? Es Heracles, el que lucha por alcanzar el amor de Hera, el que desarrolla lo que Zeus realmente es como personaje humano: un hijo. Y es por Heracles como Zeus comprende y redime a Prometeo (a sí mismo), abandonando la posición de amado que mantiene en el relato de la disputa del sacrificio y el robo del fuego.

Si el objeto de amor fuera el hombre, hemos de tener en cuenta que Prometeo no deja de ser el personaje que los hombres colocan en el relato para situarse en una posición equiparable a los dioses. ¿A qué esta necesidad del pensamiento para esquivar esta equiparación directa con los dioses? El estamento divino debe permanecer inalterado, el ser humano no puede derrocar ese altar, que le dejaría desvalido (así parece suceder en este mito); pero tampoco puede dejar lo divino en una posición del todo inaccesible. De ahí que en tantas mitologías aparezca ese personaje “embaucador” que permite el acceso del hombre al poder divino y al mismo tiempo a sus castigos. Es la idea de que lo divino tiene una fisura.
Prometeo concentra precisamente esa idea de la fisura de lo divino. Él no tolera los desmanes injustos de los gobernantes, no soporta la inapelabilidad de la Ley. Pero esa intolerancia misma es algo divino, es una búsqueda de la Arcadia ideal de la Edad de Oro. He aquí lo que de amado tiene Prometeo. Lo moral. Y es, al mismo tiempo, Prometeo el trabajo de ruptura de lo moral, como embaucador donde comprende la realidad de un esquema “menos divino”, más amante: el paraíso es irrecuperable, la vida es un encadenamiento a la Madre Tierra y una herida renovada por la ley del Padre Águila, la posición al borde del caos, asumir la condición heroica del Hijo Heracles. La ética.

Y el amor a lo nuevo. Ni Zeus ni el hombre, ni él mismo, sino otro concepto distinto. Cada concepto conlleva una lógica que debiéramos considerar como ya desarrollada, descubierta o no. Cronos conlleva una lógica, y Prometeo se posiciona trabajando para una lógica distinta que es la que subyace tras la victoria de Zeus. Prometeo no es una síntesis, ni es la antítesis, sino la ruptura misma de la tesis: aquel que mete el dedo en la llaga, que es la fisura en lo divino, lo que una lógica tiene de acceso a otra lógica totalmente distinta.
Tener lo nuevo como objeto de amor es precisamente renunciar a cualquier objeto de amor. Cada concepto y su lógica ya es lo que es. Incluso el concepto de “lo nuevo” es un concepto en sí, con su lógica. Prometeo es un posicionamiento sin concepto, y al margen cualquier consecuencia que su posición pudiera derivar en los conceptos trabajados. Porque en la lógica de Zeus nada podría suceder distintamente a lo que de hecho sucedió. Igualmente en el concepto de lo humano o en la eternidad de Crono. Esto lo marca la idea de Destino tan fundamental en el pensamiento griego, al que se somete el mismo Zeus. Y sin embargo, Prometeo es la ironía misma en la que el Destino se quiebra y se consuma.
Prometeo es esencial para la confabulación mitológica, y curiosamente, es el personaje menos “humano” de todos los que aparecen en el gran relato griego. Para que Prometeo sea, en este sentido, él mismo debe estar constantemente traicionándose, rompiéndose y renovándose en algo totalmente distinto, y ninguno de esos nuevos Prometeos serían el Prometeo mismo. Prometeo es un personaje que está situado en otro nivel del discurso. El que da pie a que los personajes (los conceptos) accedan a otro nivel de discurso.
Prometeo es el que viene a derrocar y a consumar la ley judía: “no hay nada nuevo debajo del sol”.

(Diciembre, 2011)

miércoles, 11 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (4/5): Prometeo en la dialéctica de la libertad

PROMETEO EN LA DIALÉCTICA DE LA LIBERTAD

El primer dios griego era Océano. Esta divinidad es semejante a la divinidad primigenia egipcia como un revuelto de aguas sin límite; un río turbulento sin orillas, ni principio, ni fin.  Posteriormente, tal vez por razonamientos más profundos, esta noción se perfiló en la figura de Caos (lo indefinido). Pero esta idea divina del agua pervive en el pensamiento griego: los tres reyes olímpicos sitúan los tres lugares del agua: el cielo, el mar y el subsuelo; el primer filósofo, Tales de Mileto, aún usó el agua como metáfora de su idea física.
Posteriormente, esta idea de caos es sustituida por una dialéctica de opuestos: Urano y Gea, el cielo y la tierra, lo superior y lo inferior, lo formal y lo material, el ser y el no ser, “a” y “no-a”... la ley y el caos (siendo ya el caos algo distinto de esa indeterminación que era Caos u Océano). Podríamos decir que es como la oposición tan popular entre el agua y el fuego (ambos elementos caóticos).
Tanto en la relación de Urano y Gea, como en Crono y Rea, como en Zeus y sus edades del hombre, la dialéctica es siempre creativa, pero esa creatividad no se cumple mientras el hijo no se rebele contra el  padre. En esa rebelión, la creación se ejecuta (en sus dos sentidos): lo creado pasa a ser creador. Esto es lo que Prometeo posibilita en el caso de Zeus.
Pero ¿cómo es posible la rebelión? Si la ley es Ley, no puede dar lugar al incumplimiento. La ley de la Gravedad ha de funcionar en todos los casos. Por tanto, cualquier creación queda asfixiada por la propia ley, como sucede en el mito de las edades del hombre o en los antepasados de los dioses olímpicos. La ley misma ha de tener dentro de sí la posibilidad del incumplimiento (hecha la ley, hecha la trampa). La ley, digamos, se sacrifica a sí misma. La ley no es total, sino que está castrada, y es con esa castración como permite que germine su fertilidad (esta imagen paradójica de los griegos es genial, y la sangre de los genitales de Urano sobre el océano dando lugar a Afrodita, el deseo... y sobre la tierra las Furias, la culpa).

Y una vez más, Prometeo se sitúa en relación al mito del sacrificio. ¿Qué debe sacrificar el hombre de sí mismo, para no ser un dios? Lo divino es inapelable, mientras que lo humano es libre. Dios es la Ley, mientras el hombre representa el libre albedrío. Mientras el hombre se tenga por un ser completo como un Dios, no puede ser libre. Para ser libre, el pensamiento del hombre ha de estar castrado. Hay que hacer un sacrificio. Hay que sacrificar el sentido de totalidad, de completud.
Cuando Prometeo nos da su lección sobre el sacrificio, percibimos la primera consecuencia. Prometeo nos dice: “los dioses no son perfectos, sino fáciles de engañar”. Es como decir: “pues papá no era tan sabio ni tan fuerte... se equivocaba” o “mamá no nos cuidaba tanto, sino nos debilita; no nos alimenta, sino nos devora, aunque no tanto”. Y es como decir: “Yo no soy perfecto, yo no soy un dios; en realidad no comprendo la realidad, soy un hombre torpe”. Se nos cae nuestra divinidad, comprendemos nuestras debilidades, comprendemos nuestras incapacidades, comprendemos las posibilidades e imposibilidades de nuestros ideales.
Esa comprensión es el fuego mismo. “Si pruebas la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, verás lo mismo que Él”, es decir, “tendrás el fuego de los dioses”. Es decir: no sólo no hay paraíso, sino que lo que nos espera es el diluvio (y no olvidemos la fácil relación entre el mito del árbol y el de Pandora, la esposa del hermano de Prometeo... si es que estos griegos no daban puntadas sin hilo).
La nueva humanidad de los griegos (no tanto la del  relato judío) está salvaguardada por el amor entre Deucalión y Pirra. Ese nuevo concepto, el amor, es lo que posibilita, en último término, la libertad.
Sin embargo, Prometeo es castigado. El agente de la libertad queda encadenado a las montañas, al límite de la tierra (al límite de Océano). Su cuerpo es torturado por el águila de Zeus. Gran imagen de la libertad humana. Fácilmente se asocia al alma encadenada al cuerpo. El cuerpo siempre está al límite del caos, naciendo y muriendo, siendo agua y siendo fuego... El hombre, con su libertad, está preso en su cuerpo, sufriente y obediente a los dioses.
Una vez más, los griegos desarrollan el mito de la liberación con Prometeo. Prometeo es ahora el hombre libre encadenado al cuerpo, a lo material. Es decir, es reescribir el esquema anterior: lo corporal es lo divino, frente lo humano que es otra cosa. Esa otra cosa debe ser liberada. La libertad en potencia que encierra el hombre, está coartada por el cuerpo y por lo material.
Heracles representa aquí el esfuerzo de liberación. Heracles, hijo de Zeus, pero odiado por Hera, ha heredado la fuerza brutal de la ley, pero le falta la capacidad de amor. Sus trabajos relatan el esfuerzo purificador para ser digno del amor de Hera. No olvidemos: Heracles es castigado por matar a su mujer y a sus hijos, como Crono. Cuando Heracles pasa su última prueba, es decir, sacrifica su cuerpo abrasado por la pasión, se ejecuta en el relato el sacrificio del cuerpo en pro de un amor distinto a la ley divina, que había estado siempre ausente (paradójicamente, es entonces cuando se le convierte en dios).
Heracles, el que se ha ganado el amor de Hera, el que se ha ganado la libertad, es el que salva a Prometeo. Pero siempre es desde un sentido de renuncia, no es de escapada. La renuncia de Heracles es lo que salva a Teseo y es lo que salva a Prometeo. También la renuncia de Quirón devuelve la inmortalidad a Prometeo.
Hay en la idea de libertad, cierta asunción del caos. Asumir la muerte a través del amor es la única manera de liberarnos de ella, la muerte, la Ley.

(Diciembre 2011)