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domingo, 31 de enero de 2016

Fragmentos del laberinto

[...] Durante al menos tres días estuvieron vuelta que te vuelta sobre el complejo mito triangular de Ariadna, Teseo y el Minotauro.
   La base fundamental –decía uno de los dos– es que Ariadna vive en una isla. Por supuesto, se trata de la isla del momento. El Nueva  York de la época.
   Está claro que, en el manuscrito, el nombre de la ciudad con que compara sería otro. Sin embargo la caligrafía es ambigua. Hay cierto consenso en llamarla Córdoba, que en el alifato cúfico guarda semejanza con Monte Sion, pero que en el hebreo peninsular es casi equivalente a Cnossos. Este juego de palabras posiblemente esconda algún código matemático clave; si bien el problema no está resuelto.
   Ariadna pasea por la isla. Es una isla grande y Ariadna está contenta. No puede saber que está cansada de visitar siempre los mismos paisajes. Aún no ha caído en la cuenta de que sus paseos la llevan siempre a los mismos sitios, en una combinatoria limitada de secuencias. La repetición no es un problema. El único referente que pudiera incordiar ese conformismo es la visión extraña de los inmigrantes que vienen desde el continente.
   Sócrates aprovecha para lanzar una crítica feroz al mito de Europa. Considera que ha venido siendo una sutil y exitosa campaña de propaganda para suavizar el imperialismo minoico. Hace parecer que su inocencia cretense fue raptada por el mentido robador. Es al revés: con su estética (léase moda en la exportación de productos comerciales) acaba imponiendo su cultura y valores de vida: transforma al primitivo señor europeo en el toro de Minos. Hasta tal punto cala la idea, que las principales casas míticas griegas las hace descender  de la arcaica relación entre Zeus, ese toro, e Ío, la vaca.
   Averroes, para no enredarse más en el puntilloso chovinismo socrático, le da la razón. Para que no se note demasiado, compensa su reproche pseudoaquiescente con otra vuelta de tuerca. Lo bien que la propaganda del imperialismo ateniense supo barrer para casa. Se venden como víctimas de los abusos cretenses; cuando, sin duda esto es lo más probable, se trataba de una fuga de cerebros. Los mejores jóvenes abandonaban su país para ir a formarse a Cnossos, en la corte de Minos, el más sabio de los reyes de la antigüedad. El desprestigio en este sentido culmina en lo calumnioso con la historia de Dédalo, incapaces de superar los atenienses que la mejor de sus mentes se vaya a trabajar para la competencia. Y así luego Teseo, el gran espía industrial.
   Por tanto, Ariadna, una niña feliz que disfruta de la prosperidad de su isla y de la sabiduría de su padre. Todo le cuadra. Pero poco a poco va comprendiendo ese extraño reguero de pensamiento foráneo que llega a sus pies. El saber de su padre deja de ser completo. Los paseos de la isla dejan de ser suficientes.
   Entonces llega el joven Teseo. Esto es: el significante extranjero se vuelve deseable. De inmediato, la casa familiar destapa su insuficiencia, cobra un tufillo incestuoso al que habrá de llamar Minotauro. Pero ese tufillo es ella misma, educada en los brazos de su padre y en la sexualidad de su madre. Por supuesto, Ariadna lo que desea de entrada es que Teseo, el pensamiento extraño, la ame, tal como es, con cabeza de vaca y todo. Pero Teseo, como puñetero ateniense, tiende a la dialéctica –aquí los del bando de Sócrates refunfuñan, pero el propio Sócrates ha comprendido la cariñosa ironía de Averroes y zanja el asunto con un gentil bufido o una sonrisa– y discute las incongruencias de la ideología minoica.
   Sócrates, incomodado por ese comentario de Averroes, decide llevar el discurso a otros derroteros. Alega que no es tan conveniente interpretar el encuentro entre estos dos jóvenes como un combate de ideologías. Como si cada cual supiera. Porque además, puede que Ariadna fuera una mujer sabia, hija de su padre (le da a Teseo la sorprendente idea del ovillo, en la que el héroe jamás habría caído de por sí; "¡hombre!, aquí Ariadna es tratada como una musa para Teseo" –Avi, no te desvíes, le reprocha Sócrates); pero Teseo es un bruto, un soldadete, un mandado.
   –Claro, claro: aquí está ese típico disfraz de ingenuidad, de torpeza, de ignorancia... cuando bien sabemos cómo sois todos los atenieses.
   –Olvida ya ese empeño en picotearme –ataja Sócrates.
   Ariadna decide que Teseo despierte a su amor. Teseo, hombre que es, no se espera la pasión de Ariadna; para comprenderla y soportarla la confunde con la velleza, con la jubentud, con el blaser de los plesos y abrañazos. Pero la paciencia de Ariadna va tejiendo y sembrando itinerarios para que Teseo la reconozca como Minotauro.
   Cuando hablaban del Minotauro tenían que hacerlo en voz muy baja, casi un susurro, para no excitar los oídos maliciosos de los fieles que venían a rezar. Ni siquiera les bastaba con eso (cada vez que pasaban junto a la sala de oración, la de hermosos arcos e incontables), así que cuando nombraban al Minotauro lo llamaban Ariadna, unas veces, otras veces Teseo. Y como la conversación se prolongó tanto, muchos no llegaron a enterarse nunca de este código, lo que dio lugar a enconadas controversias mucho después.
   Así todos esos años, jóvenes Teseo y Ariadna, estudiantes fervorosos en la universidad, la vida, o sólo la juventud, pero en la isla de Creta, es decir, en la casa de Ariadna, la mujer-toro. Cuando lo ve conveniente, decide desnudarse. Entiende este momento crucial. Teseo piensa que ya la ha visto desnuda y que ha gozado de su desnudez y no imagina más desnudez y goce posible. Ariadna, en cambio, insatisfecha (le jode el reguero foráneo que es Teseo –es la única opción de que Teseo sea algo–) pone todas las cartas, por fin, sobre la mesa. Ariadna, conduce a Teseo hasta su espejo. Después de tantos años (mira la de siglos que llevamos con el mito), Teseo ve en el espejo la imagen del Minotauro. Cuando tiene que explicarlo, Teseo no sabe muy bien quién es quién, si ve a Teseo, a Espejo, a Ariadna o a Minotauro. Confundidos por el lenguaje, Teseo y Ariadna dan largos paseos por la isla discutiendo sobre el tema.
   Borges, aquí no pudo evitar tejer las alusiones a la metáfora del abrazo amoroso como el largo paseo por la isla. Ese cuerpo que era la noche de Córdoba o los amantes. [...]
   [...] Cómo iba a imaginar nunca Teseo que así iba a ser el abrazo de Ariadna. Él que era mero ejecutante, no consciente de los dictados de sus actos, hijo de los hijos del Destino; hasta ahora. En el mito Ariadna se marcha con Teseo, pero es Teseo quien realmente sale de la ignorancia de su casa. Viéndose por fin en un espejo de labios de una mujer (de otra mujer).
   Porque qué sabrá el joven Teseo de cómo quiere ser tocada una mujer. Y él va aprendiendo a trazar placeres sin ley. Y mientras discuten, Teseo habla de la incomodidad, de la barbarie, de la dureza del continente. Ariadna le cuenta los saberes de la isla.
   Por un lado, el mito refleja un ideal: el del hombre que quiere quedarse. Pero ese querer quedarse es en el hombre la tentación constante de volver a su casa. Ama a la mujer, y el sexo es un acto de conquista, conquista común de un mundo nuevo, que es ella y es lo extraño, lo ignoto para ella. El hombre entrega a la mujer un hilo para que mate de orgasmos a la bestia, pero en ese mismo instante ya quiere volver, y la mujer se queda sola, abandonada al placer incompleto.
   La bestia mujer, que no ha conocido a la humana simplicidad del extraño lenguaje del continente, es derrotada por el encuentro amoroso. El hombre bruto que no conoce el bestial lenguaje de la mujer aprende a ser humano como ella. Todo un ideal. Porque lo cierto es que el mito lo que dice es que Teseo no aprende nada, el hombre (sólo porta un mito, el lenguaje). Ariadna en cambio, después de conocer al hombre, y la obediencia del hombre, y el abandono del hombre, y la ceguera del hombre, el hombre que apenas soporta su cabeza de cabestro sobre sus hombros, la mujer, Ariadna, en la nueva isla que es, ya está preparada para conocer al dios, el auténtico hombre, Dionisos, embriagador, el multiforme.
   Durante décadas y siglos y miles de años, horas seguidas pasaban Ariadna y Dionisos dándole vueltas a la islita (romántico y sensual, desenfrenado paseo por la playa), comentando lo absurdo del abandono de Teseo. Juntos se ríen de la niña Ariadna, cuando sueña con un joven de extraño lenguaje de más allá de la isla. Juntos reviven el encuentro del primer hombre y la primera mujer a embestida limpia y cruel y elegantes requiebros y caricias. Juntos comentan sus antiguas pasiones. Si quisieran podrían salir de la isla; pero no lo ven necesario: el tiempo y el lenguaje ya saldrá por ellos.
   ¿Por qué digo que es un ideal? Está claro que para que dos desconocidos, de dos mundos tan diferentes como Teseo y Ariadna se encuentren, uno ya tiene que saber y estar esperando. Porque si cada uno fuera el minotauro del otro estarían siempre buscándose a sí mismos y alejándose precisamente por esa búsqueda. Sólo podrían encontrarse por error, en el lapsus en que dejaran de buscarse. Y serían otros.
   El abandono de Ariadna. ¿Por qué tiene que irse Teseo de Creta? ¿Dónde se ha visto que un cerebro fugado vuelva a su patria? De ahí deducimos que Teseo era realmente un becerro. En la corte de Minos, el hombre más sabio de su momento (y como prueba su puesto de juez en el Hades, más sabio en todos los momentos de la historia y de la no-historia). En todos los mitos el héroe vuelve a recuperar el trono que por familia le pertenece (y generalmente esto los acaba en la corrupción y la ruina personal). En cambio, las princesas son arrebatadas para siempre de su hogar: véase Andrómeda, Helena (por dos veces), Isolda, Ariadna por supuesto, el colmo de Medea, expulsada hasta de tres hogares distintos, y la bochornosa parodia de Penélope, que defiende la honestidad de la casa de su marido, mientras este no se atreve a volver.
   Esto sería un indicio de la estructura mítica marcando cómo el hombre tiende a acomodarse en el fantasma familiar, mientras que la mujer está más dispuesta a salir. En más momentos se siente no reconocida, no vista, no comprendida, no la verdadera hija de sus padres. Eso la alejaría de la sensación de incesto, y le daría licencia para hacer lo que quisiera, desentenderse, por ejemplo, de su condición humana y hacérselo, si se le antoja, con un toro.  
   Aquí Sócrates le reprochó a Averroes el desastroso juicio moral con el que hablaba de las mujeres. Cuando, en realidad, son las mujeres las que tienden a hacerse con el control de su casa, si es la casa, o de la empresa, si es el trabajo. Hasta el punto de que casa y mujer se unen en la cultura. Toro y mujer se unen. Casa y toro. Y lo único que los separa es el instante, al que unos llaman Teseo, pero que él llama Ariadna. [...]
   [...] El asunto es más sencillo. ¿Por qué tiene que acabar una noche de amor? Córdoba ha mellado sus murallas y se derrama en mil y una noches. Son millones los cuerpos que se aman. Los lectores de Teseo, el redactor de la historia, debieran saber que el continente es otra isla. Creta y Naxos son o no son la misma isla. Dos amantes dan vueltas y vueltas a la noche y quién puede decir dónde acaba. Los cuerpos no quieren terminar y se abrazan en mil y una Córdobas.
   Se dice que cruzaron el mar y que el mar estaba en tormenta, que las olas se levantaban como paredes. Pero ellos habitaban la isla de su barco. Daban vueltas por cubierta, zarandeados por las embestidas del Minotauro. Y discutían. Muchos son los cuerpos que se aman y, en este sentido, la razón humana es poco útil para delimitar los senderos de amor. Sería mejor tener el olfato de un toro.
[...]
   [...] Recuerdo que se me vino la fantasía de que nuestra cafetería era Cnossos, el centro del Patio de los Naranjos, cuyo perímetro interior era recorrido una y otra vez en un sentido por Averroes y Sócrates y en el sentido contrario por Ariadna y Mientras que el perímetro exterior (separado por un fino escaparate) lo rondaba su voz de mujer y sus borgianas palabras. [...]
   [...] La noche en la habitación de su hotel ya era un borracho de sus ojos. Cada lugar fuera de su rostro era un extraño lugar. Tan cerca estábamos en los besos. Sé del vestíbulo. Sé del ascensor y cielo santo su pelo: caía como habían llovido apenas antes sus palabras. Pasillos y puertas. Pasillos y puertas. Y las llaves y la sombra hasta su cama. Y tanta noche y tanto cuerpo. Ya no sabré volver de la blandura. Su pecho blando, sus dedos firmes. Ella no me lo enseñó. Me ató con calor. Me daba muerte cada vez que penetraba y volvíamos a empezar. Cada vez más cerca de la intimidad. Más cerca de la locura, o a un roce. [...]
   [...] Sólo me queda el recordar su conversación, al otro lado de la mesa. Y cuando me imagino saliendo de la cafetería tras ella, no llego sino a perseguirla siempre, eternamente, a una mesa de distancia. Y esa mesa dura toda la vida. Paseo por las calles, con rumbo incierto, y pienso que cualquier intención es una excusa para buscarla. Imagino que ella piensa lo mismo y me busca. Y vivimos en la misma ciudad, dando vueltas, estúpidos, buscándonos.

(Volemus, 28/11/2014 - 5/12/2014)


sábado, 30 de enero de 2016

Transfiguración v14

"Otro instante robado por sí mismo"

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La tragedia personal de Prometeo entre Cronos y Zeus


(Contrarreloj, 23 de julio de 2015
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lunes, 4 de enero de 2016

Transfiguración v8

"juega a soldar con aire cuanto debe"

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Hera es quien despliega en las nubes los celos
de su esposo para tocar en la lluvia a su amante Ixión.


(Contrarreloj, 23 de julio de 2015
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sábado, 26 de diciembre de 2015

Transfiguración v1

"Escribe en un relámpago de nieve"

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Zeus era ¿novelista o poeta?


(Contrarreloj, 23 de julio de 2015
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sábado, 22 de noviembre de 2014

Portador de la sagrada égida

Creer que el conocimiento de la verdad de la muerte
ha de salvarnos, y poner su emblema en nuestro escudo
como saludo o recordatorio a la victoria.
La égida que estaba hecha con piel de serpiente.
Que fue curtida a lenguas de momentos.
Creer que por los ojos de la égida
verán los enemigos su propio miedo insondable.
O no saber. Ser el portador sin más del signo.


sábado, 1 de noviembre de 2014

Mitos deconstruidos: Zeus


Padre tonante de brazos imparables.
Tus atenciones me fulminan instante por instante.
–Dime caos, dime humedad, dime fuego, con voz de trueno–
Mis hijos, serán héroes, lejos de mí.


sábado, 30 de agosto de 2014

El único mito del Sol

.....Dicen de Hefesto, herrero de los dioses, que era feo y contrahecho; algo difícil de creer por las razones que expondré más adelante. Antes señalaremos que esta dificultad de fe es precisamente su rasgo de fealdad más poderoso en una mente fría y racional como hay quien supone al ser humano.
.....¿Cómo puede ser feo uno de los pocos hijos legítimos de Zeus y Hera? (La vieja polémica entre Homero y Hesíodo sobre la concepción de Hefesto funciona como un lapsus de inverosimilitud que lo liga con Atenea y con Prometeo. Hefesto y Atenea podrían ser el mismo dios. Hefesto y Prometeo podrían ser los mismos; pero por el relato no lo son)
.....¿Cómo puede ser feo el dios de la tecnología para la civilización más tecnológica de la historia, esto es, la nuestra? No me digan que el hierro es feo, que los bárbaros forjadores del hierro eran feos, o los mineros deformes y contrahechos; no me valen esas excusas. Una civilización siempre ama lo que la hace grande, es su ser, de los pocos amores legítimos de su discurso.
.....Pero no es esto lo que venía a contar. Lo que no se dice, pero se lo desarrolla en otros cuentos medievales (estudien otros esta certera vinculación), es que Hefesto no era feo; sino que se hacía pasar ante los demás por sí mismo, cuando en realidad Hefesto era Ares. Hefesto y Ares son el mismo. Que el hierro y el belicismo son hermanos es un pleonasmo tan ridículo que no podríamos considerarlo así de obvio en los griegos, que eran todos unos sofistas. Estos hombres quisieron que todos los dioses se dejaran engañar, y pusieron al deseo sexual (Afrodita) tranquilamente casado con su abominable esposo y estúpidamente asociado con su encantador amante. Es obvio, ambos eran el mismo.
.....Sólo Helios sabía la verdad. La prueba de que este mito no es griego es precisamente que sea Helios, y no Apolo, el que haya sobrevivido a la nominación en este relato. O tal vez esta sea la prueba de lo esencial y originalmente griego del mito.
.....Helios pertenece a la primera generación; ¿qué pinta en esta fabulilla entre dioses de segunda? Por otro lado, Afrodita, es también una diosa de primera generación, y, como diosa del deseo sexual, no hubiera sido una extraña consorte del sol, a lo Zeus y Hera. Helios es el heredero directo de su padre Hiperión (Helios Hiperion Panopter): "El que está por encima de todo concibe al que todo lo ve". Apolo es precisamente lo complementario: Apolo es el iluminador, "el que hace ver".
.....En este relato, Helios viene por su capacidad para ver. El relato nos dice que Helios ve el adulterio de Afrodita, cuando lo que denuncia el relato es lo contrario: lo que Helios ve es que Afrodita ama realmente a su esposo, su monstruosa creatividad es compartida en el herrero y la diosa. El versátil goce de la guerra es prueba de ello. O los griegos o sus lectores no comprendieron, como los dioses tampoco, estas peculiaridades de la condición humana. Este relato es un curioso desliz.
.....Helios, el que todo lo ve, viendo la no-diferencia entre Ares y Hefesto (algunos podrían decir que Helios estoy siendo yo viendo y relatando... ¡Nimiedades!), lo que sucede realmente es que con este relato nos hace ver la diferencia. Es decir, Hefesto no tendría por qué ser Ares, no tendría por qué ser feo, ni Afrodita amar ese objeto de lo humano, sino otro.
.....Este nuevo Helios denunciante (no ya vigilante) viene a cobrar forma en el gallo (dejaremos sin comentar las frecuentes asociaciones fálicas del gallo, cuyos envites son fácilmente asociables con la batalla sexual o bélica).
–El gallo hace ver a los dioses la ausencia del sol (sin él ¿es que los dioses no se habrían dado cuenta?)
–El gallo hace ver el sol.
–El sol hace ver el adulterio de Afrodita y la diferencia o no de Hefesto-Ares (el sol hace ver al gallo; la visión se vuelve invocante).
–La invocación del gallo hace ver al sol (invoca la visión): hace que lo veamos, hace que el sol vea.
.....La denuncia de Helios obliga a Hefesto a hacer uso de su ingenio tecnológico para construir un efecto visual, cuyo resultado es el relato mismo (una sutil red de plata casi invisible), que nosotros acogemos como si fueran hechos, con la misma ingenuidad de los dioses (es importante que Hefesto llama a los dioses -las diosas no fueron por pudor- para que sean testigos y vean: que Afrodita le es infiel, o bien que Hefesto y Ares son seres distintos, y que se rían del enfado de Hefesto y el ridículo de los amantes; humor que irónicamente encierra una verdad: Hefesto y Ares son el mismo).
.....¿Qué implica aquí Hefesto como herrero? Sería algo un poco anecdótico (las interpretaciones socio-históricas de la mitología son, en realidad, anecdóticas) incluir este detalle aquí, si no fuera porque la palabra es la herramienta principal del ser humano (instrumento, falo, arma). El hombre construye con la palabra a hierro y fuego la beligerancia de su deseo. La palabra lo esconde y la palabra lo denuncia. Es la palabra el Hefesto multiforme. Es el gallo que canta. Y el sexo de dos caras que oculta en los relatos su diferencia. El sol, antes de la palabra, el marido verdadero que denuncia con su ausencia: es así que desaparece como Helios y se presenta como Apolo, el soltero de oro.
 
 

viernes, 15 de agosto de 2014

Relato de los efectos personales

El rayo de Zeus destronó a Crono y a la tiranía de su causa. Pero nosotros, incrédulos mortales, aún intentamos escapar de la inmediatez de la libertad y sus efectos.

viernes, 8 de agosto de 2014

Amantes y amados

Zeus:
Es amante. En el caso de Europa, adopta una posición de pseudo-amado (toro manso, se deja acariciar). Europa era una niña en posición de amada, mimada, protegida, ¿consentida?; pero Zeus la convierte en amante, y entonces la rapta en una relación de dos amantes: la civilización que surge de Europa será la civilización del toro Minos.
Amado: estable en la posición propia.
Amante: trabajo de transformación propia y del objeto amado para hacer posible el amor. Otorga a los futuros objetos amados (hijos) los atributos del amor original (toro) –esto podría ser también en posición de amado, como tributo para ganarse el amor del dios–.

Apolo:
Sus primeras aventuras (Pitón, orgullo...) lo presentan en posición de amado. Con Dafne, parece tener posición de amante (no estoy seguro); Dafne podría huir de esa posición excepcional de amante, obsesivo, perseguidor... pero ella, en posición de amada (amada exclusivamente por el padre-río) ¿no se sentiría complacida por el amor de Apolo? ¿Puede la posición de Dafne, de completa amada, no permitir el acceso de otro amor? Si Apolo fuera amante, conocería la posición de Dafne, la respetaría, trabajaría con ella para transformarla, antes de que se dejara enleñecer por el padre-río.
Hemos de deducir que en este mito, Apolo, con su frustración, podría haber aprendido el juego de amante amado. ¿Por qué? Los atributos de Apolo son de amante: dador de luz, dador enfermedades, impulsor de la razón, el conocimiento, la verdad, el arte, la belleza. Apolo proporciona aquello que puede hacer que los hombres amen en posición de amantes. El laurel, en cambio, es el emblema de los triunfadores, aquellos que corren peligro de caer en una posición de amados tan dura como la de Dafne. El mensaje del Laurel sería ambiguo: “tu victoria es irreal, como la de Apolo con Dafne” (= lo que has conseguido tal vez no haya sido por ser un verdadero amante), “tu victoria te otorga el objeto de deseo de Apolo” (= eres digno de ser amante); ¿solía acompañarse de veras por el mensaje “recuerda que sólo eres un hombre”? (= recuerda que has de ser amante y no amado); sin embargo, el laurel es como la última prueba del vencedor (= después de triunfar, ahora vence la tentación de quedarte como amado).
Ironía: Si con la transformación en laurel, Dafne pretendía ser amada exclusivamente por su padre-río; Apolo consigue que el laurel sea amado por todos los que compiten por ser amados, o compiten por ser los mejores amantes; en cualquier caso, la convierte en el objeto de amor de todos los que tienen algo que ver con el amor de Apolo.
Amado: lucha por la victoria y la primacía. ¡Intocable! (Igual a Artemis)
Amante: trabaja por que el otro venza, otorga a lo amado los atributos que le permitan vencer, ser verdadero y hermoso. Entrega.

Aquiles:

Su historia es una ambivalencia entre el que ha nacido para ser amante, pero su elección es ser amado. Así, su destino lo pone en una disyuntiva: amar y morir joven (y ser amado eternamente) o ser amado y morir anciano (pero no ser amado por la posteridad). Aquiles no puede ver en la segunda opción una oportunidad para ser amante. Él ama por obligación para luego ser amado eternamente. Aún así, se disfraza de amado para no tener que amar (pero Ulises descubre su verdadera condición: no sólo es capaz de quedarse siendo amado un tiempo, sino que está dispuesto a luchar por ser amado eternamente). La Ilíada lo sitúa claramente en su posición de amado: el asunto de Briseida* lo devuelve al estado original. Es precisamente la relación entre su amante-amado Patroclo y su enemigo Héctor quien lo devuelve a posición de amante: ama a Patroclo a través de la venganza, y ama a Héctor a través de su odio. Pero obsérvese que Aquiles no trabaja su amor en vida, sino que es en la muerte de Patroclo cuando lucha por él, y en la muerte de Héctor cuando lo trabaja (hace de él un arado).
* Obsérvese que la peste mandada por Apolo por Briseida, que debe ser devuelta a su padre, es un asunto parecido al de Dafne y su padre-río. Briseida, en cambio, pasa a ser como un laurel emblema del campeón.
Amado: Demandante de atributos. Hacer de la postura de amante algo pasajero para ser amado.
Amante: Insistencia en la necesidad de que algo sea amado-odiado. La muerte no destruye el amor.


Ulises:
Ulises, en la Odisea, está rodeado o en sucesión de pasajes que deberían trabajar su amor: hacerlo amante. Pero en todos ellos no parece demostrar amor ni a sus compañeros, ni a sus amantes, ni a su hijo, ni a su esposa, ni verdadero odio a los pretendientes. Todo lo hace por intercesión de Atenea, es decir, es un calculador. Su proyecto es la eficacia. Poseidón es un maestro de matemáticas dictando problemas y Atenea una chivata que mima a su hijo.
Los marineros se dejan matar por Ulises. Si no abandonan el barco a las primeras de canto ¿es que aman a Ulises? Los feacios escuchan el relato de un pirata sin escrúpulos, ¿cómo es posible que Alcínoo no lo expulse al saber de tanta fechoría –y tanta princesa enamorada–? ¿Realmente es que lo aman? Telémaco –al que le gusta mirar a los pretendientes a pesar de sus maldades– abandona a su madre y viaja en busca de su padre; luego, un vagabundo cualquiera le dice que es su padre y se lo cree, tras confundirlo con un dios; incluso recrimina a su madre que no se rinda de amor ante el “retornado” Ulises; ¿qué tipo de hijo es este? Lo de Penélope no tiene nombre (“pero tu corazón ha sido siempre más duro que una piedra” = σοὶ δ’ αίεὶ κραδίη στερεωτέρη  έστὶ λίθοιο). En fin, en los personajes no brotan las emociones propias de sus aventuras... todo es un entramado narrativo; si bien, toda la narración es un baile de objetos de deseo. Es como un ¡capullos! ¿cómo podéis ser tan amados y no aprender a ser amantes? Homero nos insulta con su Odisea; y nosotros, incautos, nos enamoramos de Homero. Pero no hemos aprendido aún a amar a Homero de verdad. Hay, pues, un problema no resuelto, pendiente de resolución en la Odisea.
Amado: cualquier cosa es amada; si no, no sería (fácil: no entraría en la narración).
Amante: ignorante cuya ignorancia produce saber y amor, a los que sólo puede acceder de forma indirecta, entregado –devuelto– por el otro (que no tiene por qué).

***

viernes, 1 de agosto de 2014

Helena

Acaso la belleza esté reñida
con la perfección y sólo habita
en la posibilidad dialéctica,
en la oposición, en el conflicto,
como la manzana de la discordia.



La extraña relación que ha querido verse entre ética y estética. La trabazón neoplatónica entre Bien, Belleza y Verdad. La jerarquización de valores en criterios ya sociales, ya morales, ya económicos. Quisieran verse como causa o consecuencia de la constante disputa humana. 
Afrodita con su erotismo. Atenea y la intelectualidad utilitaria, práctica, estratégica. La indefinida feminidad de Hera. No es esa la discordia, sino la trágica armonía divina que en términos humanos se traduce en una interminable guerra de Troya. A nivel social está claro. A nivel personal cada cual con su fanatismo (siempre elija a Afrodita a pesar de las máscaras).
No está narrado el mito en el que la manzana es para Atenea. No está narrado el mito en el que la manzana es para Hera. 
Zeus quiso evitar su propia decadencia y casó a Tetis con Peleo. La boda, pues, fue el sucedáneo de la que hubiera sido la auténtica boda (no está narrada la boda entre Zeus y Hera). En esa boda se comete el error de evitar la discordia buscando la boda perfecta. Y de ahí hasta la Guerra de Troya, triunfo definitivo de las diosas modernas (Hera, Atenea) olímpicas, griegas, frente a las diosas antiguas (Afrodita, Tetis).
A nivel de significantes, concordia y discordia quedaría en la relación entre entre lo hermoso y lo más hermoso (kalós y kalistos). No sólo lo más hermoso, sino el Bien mejor, lo más verdadero. Fanatismos egoístas del fantasma de belleza.

jueves, 12 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (5/5): Prometeo en la dialéctica del amor

PROMETEO EN LA DIALÉCTICA DEL AMOR

¿Cuál es el objeto de amor de Prometeo? En la contienda entre titanes y dioses, se puso del lado de los dioses. En el debate entre dioses y hombres, se puso del lado de los hombres, ¿o no? Podríamos situar al sabio Prometeo siempre del lado de Zeus, a pesar de la ignorancia de éste. Cierto es que ninguna generación olímpica de hombres prosperó salvo la generada con la colaboración de Prometeo. Podemos poner también que el objeto de amor de Prometeo es la generación nueva, de ahí la relación con su castigo: la perpetua regeneración de su hígado.

Si el objeto de amor fuera Zeus, comprobamos que renuncia a todo rastro de correspondencia. No es amado, ni por los titanes ni por la incomprensión de Zeus. Parecería que su opción es la más justa en cada momento. Si Prometeo representa entonces la posición ética, ésta está asociada a la idea del perpetuo sufrimiento, tanto en su herida en el costado como en la herida de Quirón de la que consigue su segunda inmortalidad. También se enlazaría a él la idea del exilio, precisamente al borde de Océano, en el Cáucaso.
No hay en el relato ninguna consideración de afecto desde el hombre hacia Prometeo, ninguna gratitud. Y eso, a pesar de tantas generaciones que hubieran podido aportar cierta simpatía al sentirse creados y protegidos por sus actos. En la formación del mito no prosperó ningún matiz que lo situara en una posición de amado. Sólo a través de la piedad de Heracles (el semidiós por excelencia) Prometeo recupera su status entre los dioses. ¿Podemos interpretar el castigo en el Cáucaso como una posición de amado y la liberación de Heracles como la intervención de un brazo amante? ¿O bien Heracles es la consumación del mito de Prometeo? Es Heracles, el que lucha por alcanzar el amor de Hera, el que desarrolla lo que Zeus realmente es como personaje humano: un hijo. Y es por Heracles como Zeus comprende y redime a Prometeo (a sí mismo), abandonando la posición de amado que mantiene en el relato de la disputa del sacrificio y el robo del fuego.

Si el objeto de amor fuera el hombre, hemos de tener en cuenta que Prometeo no deja de ser el personaje que los hombres colocan en el relato para situarse en una posición equiparable a los dioses. ¿A qué esta necesidad del pensamiento para esquivar esta equiparación directa con los dioses? El estamento divino debe permanecer inalterado, el ser humano no puede derrocar ese altar, que le dejaría desvalido (así parece suceder en este mito); pero tampoco puede dejar lo divino en una posición del todo inaccesible. De ahí que en tantas mitologías aparezca ese personaje “embaucador” que permite el acceso del hombre al poder divino y al mismo tiempo a sus castigos. Es la idea de que lo divino tiene una fisura.
Prometeo concentra precisamente esa idea de la fisura de lo divino. Él no tolera los desmanes injustos de los gobernantes, no soporta la inapelabilidad de la Ley. Pero esa intolerancia misma es algo divino, es una búsqueda de la Arcadia ideal de la Edad de Oro. He aquí lo que de amado tiene Prometeo. Lo moral. Y es, al mismo tiempo, Prometeo el trabajo de ruptura de lo moral, como embaucador donde comprende la realidad de un esquema “menos divino”, más amante: el paraíso es irrecuperable, la vida es un encadenamiento a la Madre Tierra y una herida renovada por la ley del Padre Águila, la posición al borde del caos, asumir la condición heroica del Hijo Heracles. La ética.

Y el amor a lo nuevo. Ni Zeus ni el hombre, ni él mismo, sino otro concepto distinto. Cada concepto conlleva una lógica que debiéramos considerar como ya desarrollada, descubierta o no. Cronos conlleva una lógica, y Prometeo se posiciona trabajando para una lógica distinta que es la que subyace tras la victoria de Zeus. Prometeo no es una síntesis, ni es la antítesis, sino la ruptura misma de la tesis: aquel que mete el dedo en la llaga, que es la fisura en lo divino, lo que una lógica tiene de acceso a otra lógica totalmente distinta.
Tener lo nuevo como objeto de amor es precisamente renunciar a cualquier objeto de amor. Cada concepto y su lógica ya es lo que es. Incluso el concepto de “lo nuevo” es un concepto en sí, con su lógica. Prometeo es un posicionamiento sin concepto, y al margen cualquier consecuencia que su posición pudiera derivar en los conceptos trabajados. Porque en la lógica de Zeus nada podría suceder distintamente a lo que de hecho sucedió. Igualmente en el concepto de lo humano o en la eternidad de Crono. Esto lo marca la idea de Destino tan fundamental en el pensamiento griego, al que se somete el mismo Zeus. Y sin embargo, Prometeo es la ironía misma en la que el Destino se quiebra y se consuma.
Prometeo es esencial para la confabulación mitológica, y curiosamente, es el personaje menos “humano” de todos los que aparecen en el gran relato griego. Para que Prometeo sea, en este sentido, él mismo debe estar constantemente traicionándose, rompiéndose y renovándose en algo totalmente distinto, y ninguno de esos nuevos Prometeos serían el Prometeo mismo. Prometeo es un personaje que está situado en otro nivel del discurso. El que da pie a que los personajes (los conceptos) accedan a otro nivel de discurso.
Prometeo es el que viene a derrocar y a consumar la ley judía: “no hay nada nuevo debajo del sol”.

(Diciembre, 2011)

martes, 10 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (3/5): Prometeo, el hijo rebelde

POMETEO, EL HIJO REBELDE

Una de las claves de Prometeo es que no acata la ley del padre. Según nos posicionemos a favor del hijo o a favor del padre, haremos una lectura u otra.
Si entendemos que el padre, Zeus, es la ley, todo esfuerzo por separarse es pecaminoso. En definitiva no deja de ser una incomprensión de la ley, con fatales consecuencias. Por ejemplo: si partimos de la Ley de Gravitación, no tenerla en cuenta o desconocerla puede facilitar un momento de vuelo, pero a la larga ese movimiento está abocado al desastre, la caída. El movimiento no ha de ser contrario a la ley (desconocimiento) sino junto a la ley (conocimiento), lo que permitirá no solo el vuelo y el aterrizaje, sino la exploración de nuevos mundos.
En este sentido, Prometeo es como Lucifer (una vez más, la luz), no soporta la imposición de la ley. En el mito, intenta timar a Zeus dándole la parte peor a los dioses. Se parece a los dioses “embusteros” de los mitos africanos y americanos, o al malvado Loki de la mitología nórdica. La consecuencia es nefasta. Intentar engañar a los dioses con respecto a cuál es la parte del cuerpo más valiosa acarrea debilidad, enfermedad, frío... Si la alimentación está distorsionada el cuerpo se debilita, lógico. Zeus actúa aquí de un modo muy agustiniano: castiga dejándose engañar. Siempre es mejor una ley ligada al conocimiento.
Para eludir el castigo, Prometeo roba el fuego. Pero claro, si ya están viciados por el engaño, ¿para qué irá a utilizar el fuego del saber el ser humano, sino para nuevas y versátiles formas de lucha y sufrimiento? A Zeus no le queda otra que borrar a la raza humana con el diluvio, ya conoce la historia por las otras edades del hombre. Es como la sociedad que surge de Caín... tiene que ser purificada (con agua). En ambos casos, el diluvio.
De todos los valores del fuego que el mito griego despliega, el relato consigue que el ser humano reinicie su historia a partir de Hestia: el fuego del hogar. Deucalión y Pirra, los regeneradores de la humanidad, marcan ese nuevo inicio. Sin embargo, una vez más los valores causa-efecto están invertidos (como Hiperión con Helio): el fuego del hogar es el origen y la perversión viene después, pero en el relato (¿o es en la realidad?) se parte de una situación perversa aspirando a alcanzar la concordia.
Así, vemos cómo Prometeo representa los defectos del hijo, mientras que los castigos de Zeus demuestran la sabiduría del padre. Veámoslo ahora desde el punto de vista del hijo.
Es mucho más simple. El hijo rompe con la ley del padre. Como Crono con Urano, como Zeus con Crono, como tantos héroes: Perseo, Teseo, Edipo... El resultado es una nueva manera de pensar, que para la ley antigua supone una destrucción y para las leyes nuevas serán un nuevo padre para destruir.
Pero no seamos simplistas. Prometeo no ve en los castigos del padre un capricho vengativo (como lo interpretan, sin duda, los hijos mortales). Prometeo sabe (su nombre es “previsor” o “por delante del dios”) que sus actos conllevarán fatales consecuencias. Aún así actúa por amor a su creación. Prometeo es el padre que ama a sus hijos, ama la posición de hijo, desea que su hijo sea libre. Por tanto, le da la posibilidad de pecar, le da la vivencia del castigo, de comprender la ley y la destrucción. En definitiva, permite que se comprenda la ley, no sólo que exista, sino que se ejecute, no como un significado (variable) sino como función.
No olvidemos que todos los intentos de crear una humanidad habían sido un fracaso. La Edad de Oro de Crono no era humana, era el paraíso del instante. Las sucesivas edades de Zeus fracasaron porque la ley se cumplía irremediablemente, destruyendo los sujetos, no eran sujetos libres. Sólo en la creación de Prometeo, la rebeldía a la ley permite superarla, imponer nuevas leyes, y dar lugar a sujetos libres, en el constante fuego creador y destructor.

(Diciembre. 2011)


lunes, 9 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (2/5): Prometeo y Jesucristo

PROMETEO Y JESUCRISTO

Es fácil ver la analogía entre el mito de Prometeo y el mito de Jesucristo. Ambos hacen humano el atributo divino (materializan, “bajan”, lo superior de Hiperión a lo mortal). Ambos son castigados: la cruz equivale al encadenamiento en el Cáucaso. El águila devorando el hígado y el romano clavando la lanza en el costado presentan una analogía tan apabullante que parece un insulto al simbolismo.
Ambos pierden la condición divina y se hacen mortales: “Padre, por qué me has abandonado”. Pero en ambos casos el héroe recupera su inmortalidad. En el mito griego (como suele ser normal) está más desarrollado. Prometeo recupera la inmortalidad por mediación de Heracles (la función heroica y salvadora de Heracles es fundamental en la mitología griega). Por un lado, mata al águila y rompe las cadenas de Prometeo. Por otro lado, le permite a Prometeo un intercambio. Heracles había herido previamente a Quirón, el sabio centauro, con una flecha envenenada con sangre de la Hidra; esta herida hacía sufrir indeciblemente al centauro, que cedió su inmortalidad a Prometeo, con tal de librarse del dolor. Como vemos, el enlace de conceptos del mito griego es sospechosamente parecido al mito cristiano de la resurrección de Cristo y la redención de los pecados.
Prometeo era un ladrón, por amor al hombre. Jesucristo decía que no venía a romper con la ley de Moisés (la ley del padre, la ley de Zeus), sino a consumarla. En Jesucristo se cumplen perfectamente todos los sentidos de “ejecución” de una ley (recordemos que la sentencia de muerte de Jesús viene por una denuncia por incumplimiento del “sabat”, la primera ley judía). En Prometeo, el robo del fuego viene precedido por el debate sobre el sentido de “sacrificio”.
Si vemos estos mitos como una dialéctica entre los conceptos “luz”/“oscuridad”, “bien”/“mal”, “plano superior”/“plano inferior”, “lo espiritual”/“lo material”, “el saber”/“la ignorancia”... y lo conectamos con el sentido de sacrificio (todo/parte; eterno/perecedero), comprendemos que estos mitos están en la encrucijada de la definición del hombre. La dialéctica del fuego como destructor y purificador juega con la dialéctica del caos como destructor y creador, frente a las leyes antiguas y nuevas de los distintos dioses.


(Diciembre, 2011)

domingo, 8 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (1/5): Dioses de la luz

DIOSES DE LA LUZ
 
El primer dios griego relacionado con la luz es Hiperión. En latín supongo que debería traducirse como “Superante”, el que está por encima. Esta superioridad establecida por los griegos es muy interesante, pues separa la luz de su concepción material y la lleva a una concepción estructural (de ahí que se asocie también la luz como aquello elevado en el pensamiento).
Helios, Selene y Eos son sus hijos, y representan las grandes luminarias celestes. Probablemente estas fueran las divinidades primeras, de las cuales luego se deduciría Hiperión. Pero, sabiamente, este nuevo dios se introduce como padre, y no como hijo.
El siguiente dios de la luz es Zeus, a través de su emblema: el rayo. Siendo el rayo, Zeus representa lo fulminante de la luz. Es una luz breve, instantánea y destructiva. La chispa divina. Un punto tangencial entre lo celestial (Hiperión) y lo terrenal.
Sus dos hijos, Apolo y Hefesto, terminan de desarrollar la disociación entre luz y fuego. En ambos casos se relaciona con la inteligencia. Apolo, la luz, es la razón, la verdad, la belleza y al mismo tiempo mantiene su papel fulminante, con sus dardos mortales. Hefesto, el fuego, está ligado a lo tecnológico, el saber práctico, lo maquinal, es feo pero sorprendentemente creativo.
Atenea, el intelecto práctico, la estrategia, parece derivar de una idea parecida a la de Hefesto; sin embargo los griegos hacen casar a Hefesto con Afrodita, su opuesto. Apolo es hijo de Zeus y Leto (=olvido, hija del titán Ceo =inteligencia y la titánide Febe =brillo; curioso hilvanado de conceptos este) y es padre de Esculapio, el médico. La luz está directamente asociada al saber de la muerte.
Falta una diosa más; Hestia, el calor del hogar. Hermana de Zeus, es la primera hija de Crono y Rea.

En este contexto divino, Prometeo roba el fuego a los dioses. Concretamente, el robo del fuego surge dentro de la disputa entre Zeus y Prometeo por el papel que debiera jugar el hombre con respecto a los dioses. Así pues, el mito de Prometeo es fundamental en el sentido de que marca la visión griega de la relación de lo divino y lo humano: ¿qué es el hombre en relación a los dioses?, ¿qué son los dioses con respecto al hombre?
El robo del fuego permite a los hombres el acceso a los valores “humanos” de la luz, marcados con los dioses olímpicos: Apolo, Hefesto, Hestia... No así al atributo de Zeus.

(Diciembre, 2011)