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martes, 22 de diciembre de 2015

Babel y Laberinto

Babel y el laberinto vertical de la dialéctica.
Arbitrarias ventanas espían paisajes
oblicuos, amantes que se besan
sin necesidad de cortinas o palabras. 



Arriba y abajo, de M. C. Escher 
También este poema surgió en torno al debate twitero con Jesús P. Zamora Bonilla; esta vez paralela o tangencialmente, es decir, sin que haya entre ambos textos "necesariamente" relación de causa o efecto. 
Cierto que sigue tomando como punto de partida la mitología judia, esta vez asociada al laberinto minoico.
Cierto que sigue tratando la relación entre lenguaje, verdad y arbitrariedad.
Además, el texto me recuerda al dibujo de Escher que sirve de fondo a mi blog "porque atrevesaste".

Babel y Laberinto
Ambos eran palacios emblemáticos de sus respectivas mitologías. Ambos están en cierto modo relacionados con el racionalismo en su símbolo arquitectónico, del que Dédalo es mejor representante.
Hay hipótesis que sitúan la erupción minoica como evento clave que propició la caída de la civilización del toro así como la crisis que en Egipto desencadenó el Éxodo hebreo.
Por otro lado, la mitología griega sitúa el origen de Minos en la rama de Agénor, rey de Tiro-Canaán. Atribuir una relación histórica entre el pueblo hebreo y el minoico es más aventurado. Probablemente, la recomposición dórica de los mitos griegos, haya dado un común origen bárbaro a sus rivales (Tebas, Tracia, Fenicia, Creta, Babilonia, Egipto, Argos, Micenas...) frente al helenismo de las nuevas ciudades (Atenas, Esparta, Corinto).

"Babel y Laberinto" >> "cortinas o palabras"
Los idiomas tejen un laberinto para el lenguaje del hombre. Eso es fácil. Ahora bien, el hombre no percibe la palabra como un velo, sino como la cosa misma a la que supuestamente hace referencia. Esa asumida referencialidad es la esencia misma del velo que la palabra es con respecto a las cosas que nombra (olvidar que el lenguaje, la palabra, es algo, que está ahí). Babel es el recuerdo del velo en la palabra y el hilo, por tanto, para poder salir del ignorado laberinto. 

"dialéctica" >> "necesidad"
La dialéctica, después de Platón, la imagino como esa Escalera de Jacob en la que suben y bajan los conceptos, desde el Bien supremo hasta la mundana oscuridad. Posiblemente aquí, como en otros tantos pasajes, Platón fuera deliberadamente irónico. La dialéctica es un laberinto. Escalera vertical si creemos en la referencia. Laberinto horizontal si creemos en la arbitrariedad. El hombre, como un observador de la cuántica, puede situarse en una creencia u otra, pero difícilmente en las dos a la vez; salvo en ironía.
La relación entre lo humano y el lenguaje siembre se sitúa como esencial, necesaria. La moral tiende a la concordia del lenguaje, no al conflicto de las pasiones. Cierto que la moral es siembre el resultado final de un texto escrito con el lenguaje, permantentemente contradicho por los actos. Pretender la adecuada relación entre lenguaje y acto es atender a la referencialidad y olvidar la arbitrariedad, es decir, ponerle un velo al lenguaje y a las cosas. La necesidad moral de la dialéctica es irónica para el hombre pasional.

"amantes oblicuos"
El encabalgamiento anuda la conflictiva dimensión del sujeto: a un tiempo es el amante que mira, es la ventana a través de la que mira y es el paisaje mismo mirado. La oblicuidad (además de ser una pista de lectura para este poema) es un emblema de una manera más ¿real? de ver las cosas, saliéndose de la verticalidad-horizontalidad de la dialéctica-sofística.

El amor y el destino
Igual que no está nombrada la horizontalidad (sólo el laberinto), tampoco el destino está nombrado. Llego a él a través de la lectura (algo también opuesto al "decir" del lenguaje). Cuando pensé en "ironía" (lectura oblicua) pensé en la ironía trágica con la que el teatro griego gestiona la hybris (presente en Babel y el abominable deseo de Pasífae -por otra parte siguiendo el esquema familiar de Europa até/hamartia- habilitado por la intelectualidad tecnológica de Dédalo) y el destino. 
El amor es el destino del hombre y su desafío. Irónico. El beso es el sello del lenguaje, su velo o su consumación. Irónico. El lenguaje, las pasiones y los objetos. Besarse o espiarse.


sábado, 11 de octubre de 2014

Sin título

Bacteria por bacteria,
este es un mundo de asesinos.
Aunque también hay ganado
que se alimenta del sol
e infesta los prados sin piedad.
Sólo el hombre viaja
sobre las piedras. De océanos
y gargantas poco se sabe.







sábado, 30 de agosto de 2014

El único mito del Sol

.....Dicen de Hefesto, herrero de los dioses, que era feo y contrahecho; algo difícil de creer por las razones que expondré más adelante. Antes señalaremos que esta dificultad de fe es precisamente su rasgo de fealdad más poderoso en una mente fría y racional como hay quien supone al ser humano.
.....¿Cómo puede ser feo uno de los pocos hijos legítimos de Zeus y Hera? (La vieja polémica entre Homero y Hesíodo sobre la concepción de Hefesto funciona como un lapsus de inverosimilitud que lo liga con Atenea y con Prometeo. Hefesto y Atenea podrían ser el mismo dios. Hefesto y Prometeo podrían ser los mismos; pero por el relato no lo son)
.....¿Cómo puede ser feo el dios de la tecnología para la civilización más tecnológica de la historia, esto es, la nuestra? No me digan que el hierro es feo, que los bárbaros forjadores del hierro eran feos, o los mineros deformes y contrahechos; no me valen esas excusas. Una civilización siempre ama lo que la hace grande, es su ser, de los pocos amores legítimos de su discurso.
.....Pero no es esto lo que venía a contar. Lo que no se dice, pero se lo desarrolla en otros cuentos medievales (estudien otros esta certera vinculación), es que Hefesto no era feo; sino que se hacía pasar ante los demás por sí mismo, cuando en realidad Hefesto era Ares. Hefesto y Ares son el mismo. Que el hierro y el belicismo son hermanos es un pleonasmo tan ridículo que no podríamos considerarlo así de obvio en los griegos, que eran todos unos sofistas. Estos hombres quisieron que todos los dioses se dejaran engañar, y pusieron al deseo sexual (Afrodita) tranquilamente casado con su abominable esposo y estúpidamente asociado con su encantador amante. Es obvio, ambos eran el mismo.
.....Sólo Helios sabía la verdad. La prueba de que este mito no es griego es precisamente que sea Helios, y no Apolo, el que haya sobrevivido a la nominación en este relato. O tal vez esta sea la prueba de lo esencial y originalmente griego del mito.
.....Helios pertenece a la primera generación; ¿qué pinta en esta fabulilla entre dioses de segunda? Por otro lado, Afrodita, es también una diosa de primera generación, y, como diosa del deseo sexual, no hubiera sido una extraña consorte del sol, a lo Zeus y Hera. Helios es el heredero directo de su padre Hiperión (Helios Hiperion Panopter): "El que está por encima de todo concibe al que todo lo ve". Apolo es precisamente lo complementario: Apolo es el iluminador, "el que hace ver".
.....En este relato, Helios viene por su capacidad para ver. El relato nos dice que Helios ve el adulterio de Afrodita, cuando lo que denuncia el relato es lo contrario: lo que Helios ve es que Afrodita ama realmente a su esposo, su monstruosa creatividad es compartida en el herrero y la diosa. El versátil goce de la guerra es prueba de ello. O los griegos o sus lectores no comprendieron, como los dioses tampoco, estas peculiaridades de la condición humana. Este relato es un curioso desliz.
.....Helios, el que todo lo ve, viendo la no-diferencia entre Ares y Hefesto (algunos podrían decir que Helios estoy siendo yo viendo y relatando... ¡Nimiedades!), lo que sucede realmente es que con este relato nos hace ver la diferencia. Es decir, Hefesto no tendría por qué ser Ares, no tendría por qué ser feo, ni Afrodita amar ese objeto de lo humano, sino otro.
.....Este nuevo Helios denunciante (no ya vigilante) viene a cobrar forma en el gallo (dejaremos sin comentar las frecuentes asociaciones fálicas del gallo, cuyos envites son fácilmente asociables con la batalla sexual o bélica).
–El gallo hace ver a los dioses la ausencia del sol (sin él ¿es que los dioses no se habrían dado cuenta?)
–El gallo hace ver el sol.
–El sol hace ver el adulterio de Afrodita y la diferencia o no de Hefesto-Ares (el sol hace ver al gallo; la visión se vuelve invocante).
–La invocación del gallo hace ver al sol (invoca la visión): hace que lo veamos, hace que el sol vea.
.....La denuncia de Helios obliga a Hefesto a hacer uso de su ingenio tecnológico para construir un efecto visual, cuyo resultado es el relato mismo (una sutil red de plata casi invisible), que nosotros acogemos como si fueran hechos, con la misma ingenuidad de los dioses (es importante que Hefesto llama a los dioses -las diosas no fueron por pudor- para que sean testigos y vean: que Afrodita le es infiel, o bien que Hefesto y Ares son seres distintos, y que se rían del enfado de Hefesto y el ridículo de los amantes; humor que irónicamente encierra una verdad: Hefesto y Ares son el mismo).
.....¿Qué implica aquí Hefesto como herrero? Sería algo un poco anecdótico (las interpretaciones socio-históricas de la mitología son, en realidad, anecdóticas) incluir este detalle aquí, si no fuera porque la palabra es la herramienta principal del ser humano (instrumento, falo, arma). El hombre construye con la palabra a hierro y fuego la beligerancia de su deseo. La palabra lo esconde y la palabra lo denuncia. Es la palabra el Hefesto multiforme. Es el gallo que canta. Y el sexo de dos caras que oculta en los relatos su diferencia. El sol, antes de la palabra, el marido verdadero que denuncia con su ausencia: es así que desaparece como Helios y se presenta como Apolo, el soltero de oro.
 
 

viernes, 1 de agosto de 2014

Helena

Acaso la belleza esté reñida
con la perfección y sólo habita
en la posibilidad dialéctica,
en la oposición, en el conflicto,
como la manzana de la discordia.



La extraña relación que ha querido verse entre ética y estética. La trabazón neoplatónica entre Bien, Belleza y Verdad. La jerarquización de valores en criterios ya sociales, ya morales, ya económicos. Quisieran verse como causa o consecuencia de la constante disputa humana. 
Afrodita con su erotismo. Atenea y la intelectualidad utilitaria, práctica, estratégica. La indefinida feminidad de Hera. No es esa la discordia, sino la trágica armonía divina que en términos humanos se traduce en una interminable guerra de Troya. A nivel social está claro. A nivel personal cada cual con su fanatismo (siempre elija a Afrodita a pesar de las máscaras).
No está narrado el mito en el que la manzana es para Atenea. No está narrado el mito en el que la manzana es para Hera. 
Zeus quiso evitar su propia decadencia y casó a Tetis con Peleo. La boda, pues, fue el sucedáneo de la que hubiera sido la auténtica boda (no está narrada la boda entre Zeus y Hera). En esa boda se comete el error de evitar la discordia buscando la boda perfecta. Y de ahí hasta la Guerra de Troya, triunfo definitivo de las diosas modernas (Hera, Atenea) olímpicas, griegas, frente a las diosas antiguas (Afrodita, Tetis).
A nivel de significantes, concordia y discordia quedaría en la relación entre entre lo hermoso y lo más hermoso (kalós y kalistos). No sólo lo más hermoso, sino el Bien mejor, lo más verdadero. Fanatismos egoístas del fantasma de belleza.

jueves, 10 de julio de 2014

Construir

Teseo es el rey que incumple sus promesas.
Y nos demuestra que no basta con matar
al Minotauro. Tal vez domesticarlo.
Y aquí seguimos todos, magnificando Grecia.


miércoles, 9 de julio de 2014

El regalo de los griegos

Si Laocoonte es la cultura griega misma y nosotros somos sus hijos, ¿de qué manera nosotros nos debatimos en ese mismo proceso educativo? ¿Grecia está siendo un buen padre para nosotros? Eso podrían preguntarse los intelectuales del Helenismo, y esto podemos preguntarnos nosotros, en este prolongado Helenismo que es la cultura occidental. ¿Qué es Grecia para nosotros? ¿Son las serpientes, y nosotros los ingenuos troyanos que como Laocoonte quieren ser servidores de Apolo y Afrodita a un tiempo? ¿Es Grecia un sufrido Laocoonte, incapaz de asumir bien el intelecto engañador que ve en Atenea?
Podemos empezar observándolo desde el punto de vista de Laocoonte. Grecia ha entrado en nosotros con su caballo de ciencia y ha destruido nuestra ingenuidad. La razón iluminadora y clarividente de Apolo ha sido invadida por el intelecto materialista, propio de Atenea,. De hecho, el caballo es también símbolo de Poseidón (ambos asociados a  Atenas), un dios preferentemente castigador, y relacionado con el miedo y los monstruos marinos, que un pueblo naval como el griego ha de aplacar constantemente. Robert Graves interpreta la guerra de Troya como una lucha entre Poseidón y Afrodita, dos dioses marinos, y sería un nuevo ejemplo de la sucesión de una sociedad matriarcal por otra patriarcal.
Las voces que claman recriminando el gran patriarcado que ha sido la cultura occidental, y también los que se quejan del exceso de orgullo del positivismo científico, del escepticismo tiránico, del materialismo, todos ellos se encontrarán luchando en la misma posición que Laocoonte; pero el Laocoonte de esta misma estatua. Estaríamos así asfixiados por el propio perfeccionismo de la escultura. Nuestra misma esencia serían las serpientes que no sólo martirizan al hombre, sino que lo esculpen dotándolos de una perfección sobrehumana. Y seríamos los protagonistas-testigos de esa trágica labor de modelado.
Ahora bien, no olvidemos que Laocoonte es castigado por sus propios pecados y por eso cayó Troya. El caballo de Troya es el reflejo de la propia falsedad de Laocoonte. Si realmente se hubieran separado los valores de Apolo y Afrodita (castidad), sí podrían haber interpretado bien el engaño de los griegos, y la ciudad se habría salvado. Es precisamente el caballo (Atenea, el intelecto, la razón práctica) lo que permite esa doble naturaleza (sensual y espiritual). Sin embargo las consecuencias son terribles: la ciudad es destruida. El intelecto desplaza al goce, a la sexualidad, pero también desplaza a la verdadera sabiduría (Apolo).
Tal vez, en la estructura nuclear del grupo de Laocoonte se perciba también el jugo simbólico que suponen estos tres dioses en el mito: Apolo como eje de balanza entre Afrodita y Atenea. Se corresponde con Laocoonte haciendo de balanza entre sus dos hijos. Uno de ellos parece sucumbir al empuje de las serpientes y otro parece poder escapar aún. Estos dos hijos podrían ser los dos instintos del sacerdote: su inconsciente (sexual - Afrodita) y su consciente (intelectual - Atenea). Quién es quién, eso es más difícil de decidir. Sí podríamos otorgar un componente sexual a las serpientes, pero también en lo sexual-inconsciente se encuentra la verdad del ser; todo esto ya lo hemos explicado.
La mirada a los cielos del padre está acorde con esa mirada a Apolo. Es Apolo quien castiga, quien dicta aquí la ley, quien manda las serpientes. Apolo es defensor de Troya, pero también es quien acaba propiciando su destrucción. Para acceder al altar de Apolo hay que pagar un precio. El legado de los griegos nos permite escabullir ese precio y vivir como ingenuos troyanos, como vivió Laocoonte. Pero la debilidad de Laocoonte la heredan sus hijos y de manera creciente los hijos de sus hijos, hasta llegar a la perdición de la ciudad entera. El debate entre el progreso y la decadencia. He ahí una interpretación de la evolución de Occidente.
No olvidemos, sin embargo, que todo ha sucedido ya. Troya  ha caído. Ya estamos inmersos en ese doble juego del intelecto. Ya estamos en esa lucha intergeneracional deteriorándonos por el empuje creciente de los errores que se acumulan desde el pasado. Y en esa lucha individual por escapar, por zafarnos y encontrar la salvación. Así lo dicta el mito. El pecado original ya ha sido, y es imposible no pagar el precio de Laocoonte.

sábado, 5 de julio de 2014

LAOCOONTE Y SUS HIJOS: La profecía incomprendida

La tragedia de Laocoonte es semejante a la de Casandra. Él comprende la verdad, pero nadie lo comprende a él. La muerte de sus hijos es una imagen narrativa de ese sentimiento. El sabio ha de contemplar impotente como el mundo persiste en su inconsciente ebullición, sin poder hacer nada por evitarlo.
El padre, desde su posición generacional, el hombre sabio desde su saber, conoce el futuro de sus hijos. Ve las consecuencias de sus errores, pero no puede evitar que los cometan. Ha de dejar que cada uno viva su lucha con las serpientes. En esta escultura, cada uno lucha por separado. Es el juego de miradas el que los une. Los hijos miran al padre, y el padre mira a los dioses. Cada uno busca en el otro la sabiduría con que afrontar el trance amargo entre las serpientes.
En todos ellos parece brillar la amargura de la incomprensión. Sólo las serpientes parecen decididas e implacables. En los humanos de esta escultura predomina el miedo y la incertidumbre. Ni siquiera podemos reconocer en ellos una certeza de derrota o una asunción de muerte. Muchos perciben en ellos algo no humano, algo desmedido, imposible. Realmente esto es la incomprensión.
Esta escultura podría ilustrar la idea del “malestar en la cultura” desarrollada por Freud. Existe una ley, que se impone y evoluciona en la civilización, arrastrando a los hombres hasta posiciones más elevadas. Pero, en su mayoría, quieren mantenerse en el mismo lugar que ya conocen, en el que se sienten seguros, en el que gozan. No entienden una cultura que corta su goce, no quieren participar de ella.
Si los troyanos hubieran escuchado a Laocoonte, Troya se habría salvado, habría vencido. Es como decir: si el ser humano escuchara podría salvarse. Las serpientes griegas acosan sin piedad, como por ley, y el ser humano busca una señal que le permita salvarse. ¿Y si esa señal fuera llegar a comprender la ley de las serpientes?


jueves, 3 de julio de 2014

Zoon - Theos

El ser humano es una piedra domesticada.
Un barro robado, masticado.
Mirado de perfil es una tumba, de frente
araña de sus días y ladrillos.
Hermoso escupitajo migratorio también
voy a apretarte gallito, mientras hablaba
feliz con la serpiente.


jueves, 12 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (5/5): Prometeo en la dialéctica del amor

PROMETEO EN LA DIALÉCTICA DEL AMOR

¿Cuál es el objeto de amor de Prometeo? En la contienda entre titanes y dioses, se puso del lado de los dioses. En el debate entre dioses y hombres, se puso del lado de los hombres, ¿o no? Podríamos situar al sabio Prometeo siempre del lado de Zeus, a pesar de la ignorancia de éste. Cierto es que ninguna generación olímpica de hombres prosperó salvo la generada con la colaboración de Prometeo. Podemos poner también que el objeto de amor de Prometeo es la generación nueva, de ahí la relación con su castigo: la perpetua regeneración de su hígado.

Si el objeto de amor fuera Zeus, comprobamos que renuncia a todo rastro de correspondencia. No es amado, ni por los titanes ni por la incomprensión de Zeus. Parecería que su opción es la más justa en cada momento. Si Prometeo representa entonces la posición ética, ésta está asociada a la idea del perpetuo sufrimiento, tanto en su herida en el costado como en la herida de Quirón de la que consigue su segunda inmortalidad. También se enlazaría a él la idea del exilio, precisamente al borde de Océano, en el Cáucaso.
No hay en el relato ninguna consideración de afecto desde el hombre hacia Prometeo, ninguna gratitud. Y eso, a pesar de tantas generaciones que hubieran podido aportar cierta simpatía al sentirse creados y protegidos por sus actos. En la formación del mito no prosperó ningún matiz que lo situara en una posición de amado. Sólo a través de la piedad de Heracles (el semidiós por excelencia) Prometeo recupera su status entre los dioses. ¿Podemos interpretar el castigo en el Cáucaso como una posición de amado y la liberación de Heracles como la intervención de un brazo amante? ¿O bien Heracles es la consumación del mito de Prometeo? Es Heracles, el que lucha por alcanzar el amor de Hera, el que desarrolla lo que Zeus realmente es como personaje humano: un hijo. Y es por Heracles como Zeus comprende y redime a Prometeo (a sí mismo), abandonando la posición de amado que mantiene en el relato de la disputa del sacrificio y el robo del fuego.

Si el objeto de amor fuera el hombre, hemos de tener en cuenta que Prometeo no deja de ser el personaje que los hombres colocan en el relato para situarse en una posición equiparable a los dioses. ¿A qué esta necesidad del pensamiento para esquivar esta equiparación directa con los dioses? El estamento divino debe permanecer inalterado, el ser humano no puede derrocar ese altar, que le dejaría desvalido (así parece suceder en este mito); pero tampoco puede dejar lo divino en una posición del todo inaccesible. De ahí que en tantas mitologías aparezca ese personaje “embaucador” que permite el acceso del hombre al poder divino y al mismo tiempo a sus castigos. Es la idea de que lo divino tiene una fisura.
Prometeo concentra precisamente esa idea de la fisura de lo divino. Él no tolera los desmanes injustos de los gobernantes, no soporta la inapelabilidad de la Ley. Pero esa intolerancia misma es algo divino, es una búsqueda de la Arcadia ideal de la Edad de Oro. He aquí lo que de amado tiene Prometeo. Lo moral. Y es, al mismo tiempo, Prometeo el trabajo de ruptura de lo moral, como embaucador donde comprende la realidad de un esquema “menos divino”, más amante: el paraíso es irrecuperable, la vida es un encadenamiento a la Madre Tierra y una herida renovada por la ley del Padre Águila, la posición al borde del caos, asumir la condición heroica del Hijo Heracles. La ética.

Y el amor a lo nuevo. Ni Zeus ni el hombre, ni él mismo, sino otro concepto distinto. Cada concepto conlleva una lógica que debiéramos considerar como ya desarrollada, descubierta o no. Cronos conlleva una lógica, y Prometeo se posiciona trabajando para una lógica distinta que es la que subyace tras la victoria de Zeus. Prometeo no es una síntesis, ni es la antítesis, sino la ruptura misma de la tesis: aquel que mete el dedo en la llaga, que es la fisura en lo divino, lo que una lógica tiene de acceso a otra lógica totalmente distinta.
Tener lo nuevo como objeto de amor es precisamente renunciar a cualquier objeto de amor. Cada concepto y su lógica ya es lo que es. Incluso el concepto de “lo nuevo” es un concepto en sí, con su lógica. Prometeo es un posicionamiento sin concepto, y al margen cualquier consecuencia que su posición pudiera derivar en los conceptos trabajados. Porque en la lógica de Zeus nada podría suceder distintamente a lo que de hecho sucedió. Igualmente en el concepto de lo humano o en la eternidad de Crono. Esto lo marca la idea de Destino tan fundamental en el pensamiento griego, al que se somete el mismo Zeus. Y sin embargo, Prometeo es la ironía misma en la que el Destino se quiebra y se consuma.
Prometeo es esencial para la confabulación mitológica, y curiosamente, es el personaje menos “humano” de todos los que aparecen en el gran relato griego. Para que Prometeo sea, en este sentido, él mismo debe estar constantemente traicionándose, rompiéndose y renovándose en algo totalmente distinto, y ninguno de esos nuevos Prometeos serían el Prometeo mismo. Prometeo es un personaje que está situado en otro nivel del discurso. El que da pie a que los personajes (los conceptos) accedan a otro nivel de discurso.
Prometeo es el que viene a derrocar y a consumar la ley judía: “no hay nada nuevo debajo del sol”.

(Diciembre, 2011)

miércoles, 11 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (4/5): Prometeo en la dialéctica de la libertad

PROMETEO EN LA DIALÉCTICA DE LA LIBERTAD

El primer dios griego era Océano. Esta divinidad es semejante a la divinidad primigenia egipcia como un revuelto de aguas sin límite; un río turbulento sin orillas, ni principio, ni fin.  Posteriormente, tal vez por razonamientos más profundos, esta noción se perfiló en la figura de Caos (lo indefinido). Pero esta idea divina del agua pervive en el pensamiento griego: los tres reyes olímpicos sitúan los tres lugares del agua: el cielo, el mar y el subsuelo; el primer filósofo, Tales de Mileto, aún usó el agua como metáfora de su idea física.
Posteriormente, esta idea de caos es sustituida por una dialéctica de opuestos: Urano y Gea, el cielo y la tierra, lo superior y lo inferior, lo formal y lo material, el ser y el no ser, “a” y “no-a”... la ley y el caos (siendo ya el caos algo distinto de esa indeterminación que era Caos u Océano). Podríamos decir que es como la oposición tan popular entre el agua y el fuego (ambos elementos caóticos).
Tanto en la relación de Urano y Gea, como en Crono y Rea, como en Zeus y sus edades del hombre, la dialéctica es siempre creativa, pero esa creatividad no se cumple mientras el hijo no se rebele contra el  padre. En esa rebelión, la creación se ejecuta (en sus dos sentidos): lo creado pasa a ser creador. Esto es lo que Prometeo posibilita en el caso de Zeus.
Pero ¿cómo es posible la rebelión? Si la ley es Ley, no puede dar lugar al incumplimiento. La ley de la Gravedad ha de funcionar en todos los casos. Por tanto, cualquier creación queda asfixiada por la propia ley, como sucede en el mito de las edades del hombre o en los antepasados de los dioses olímpicos. La ley misma ha de tener dentro de sí la posibilidad del incumplimiento (hecha la ley, hecha la trampa). La ley, digamos, se sacrifica a sí misma. La ley no es total, sino que está castrada, y es con esa castración como permite que germine su fertilidad (esta imagen paradójica de los griegos es genial, y la sangre de los genitales de Urano sobre el océano dando lugar a Afrodita, el deseo... y sobre la tierra las Furias, la culpa).

Y una vez más, Prometeo se sitúa en relación al mito del sacrificio. ¿Qué debe sacrificar el hombre de sí mismo, para no ser un dios? Lo divino es inapelable, mientras que lo humano es libre. Dios es la Ley, mientras el hombre representa el libre albedrío. Mientras el hombre se tenga por un ser completo como un Dios, no puede ser libre. Para ser libre, el pensamiento del hombre ha de estar castrado. Hay que hacer un sacrificio. Hay que sacrificar el sentido de totalidad, de completud.
Cuando Prometeo nos da su lección sobre el sacrificio, percibimos la primera consecuencia. Prometeo nos dice: “los dioses no son perfectos, sino fáciles de engañar”. Es como decir: “pues papá no era tan sabio ni tan fuerte... se equivocaba” o “mamá no nos cuidaba tanto, sino nos debilita; no nos alimenta, sino nos devora, aunque no tanto”. Y es como decir: “Yo no soy perfecto, yo no soy un dios; en realidad no comprendo la realidad, soy un hombre torpe”. Se nos cae nuestra divinidad, comprendemos nuestras debilidades, comprendemos nuestras incapacidades, comprendemos las posibilidades e imposibilidades de nuestros ideales.
Esa comprensión es el fuego mismo. “Si pruebas la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, verás lo mismo que Él”, es decir, “tendrás el fuego de los dioses”. Es decir: no sólo no hay paraíso, sino que lo que nos espera es el diluvio (y no olvidemos la fácil relación entre el mito del árbol y el de Pandora, la esposa del hermano de Prometeo... si es que estos griegos no daban puntadas sin hilo).
La nueva humanidad de los griegos (no tanto la del  relato judío) está salvaguardada por el amor entre Deucalión y Pirra. Ese nuevo concepto, el amor, es lo que posibilita, en último término, la libertad.
Sin embargo, Prometeo es castigado. El agente de la libertad queda encadenado a las montañas, al límite de la tierra (al límite de Océano). Su cuerpo es torturado por el águila de Zeus. Gran imagen de la libertad humana. Fácilmente se asocia al alma encadenada al cuerpo. El cuerpo siempre está al límite del caos, naciendo y muriendo, siendo agua y siendo fuego... El hombre, con su libertad, está preso en su cuerpo, sufriente y obediente a los dioses.
Una vez más, los griegos desarrollan el mito de la liberación con Prometeo. Prometeo es ahora el hombre libre encadenado al cuerpo, a lo material. Es decir, es reescribir el esquema anterior: lo corporal es lo divino, frente lo humano que es otra cosa. Esa otra cosa debe ser liberada. La libertad en potencia que encierra el hombre, está coartada por el cuerpo y por lo material.
Heracles representa aquí el esfuerzo de liberación. Heracles, hijo de Zeus, pero odiado por Hera, ha heredado la fuerza brutal de la ley, pero le falta la capacidad de amor. Sus trabajos relatan el esfuerzo purificador para ser digno del amor de Hera. No olvidemos: Heracles es castigado por matar a su mujer y a sus hijos, como Crono. Cuando Heracles pasa su última prueba, es decir, sacrifica su cuerpo abrasado por la pasión, se ejecuta en el relato el sacrificio del cuerpo en pro de un amor distinto a la ley divina, que había estado siempre ausente (paradójicamente, es entonces cuando se le convierte en dios).
Heracles, el que se ha ganado el amor de Hera, el que se ha ganado la libertad, es el que salva a Prometeo. Pero siempre es desde un sentido de renuncia, no es de escapada. La renuncia de Heracles es lo que salva a Teseo y es lo que salva a Prometeo. También la renuncia de Quirón devuelve la inmortalidad a Prometeo.
Hay en la idea de libertad, cierta asunción del caos. Asumir la muerte a través del amor es la única manera de liberarnos de ella, la muerte, la Ley.

(Diciembre 2011)

martes, 10 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (3/5): Prometeo, el hijo rebelde

POMETEO, EL HIJO REBELDE

Una de las claves de Prometeo es que no acata la ley del padre. Según nos posicionemos a favor del hijo o a favor del padre, haremos una lectura u otra.
Si entendemos que el padre, Zeus, es la ley, todo esfuerzo por separarse es pecaminoso. En definitiva no deja de ser una incomprensión de la ley, con fatales consecuencias. Por ejemplo: si partimos de la Ley de Gravitación, no tenerla en cuenta o desconocerla puede facilitar un momento de vuelo, pero a la larga ese movimiento está abocado al desastre, la caída. El movimiento no ha de ser contrario a la ley (desconocimiento) sino junto a la ley (conocimiento), lo que permitirá no solo el vuelo y el aterrizaje, sino la exploración de nuevos mundos.
En este sentido, Prometeo es como Lucifer (una vez más, la luz), no soporta la imposición de la ley. En el mito, intenta timar a Zeus dándole la parte peor a los dioses. Se parece a los dioses “embusteros” de los mitos africanos y americanos, o al malvado Loki de la mitología nórdica. La consecuencia es nefasta. Intentar engañar a los dioses con respecto a cuál es la parte del cuerpo más valiosa acarrea debilidad, enfermedad, frío... Si la alimentación está distorsionada el cuerpo se debilita, lógico. Zeus actúa aquí de un modo muy agustiniano: castiga dejándose engañar. Siempre es mejor una ley ligada al conocimiento.
Para eludir el castigo, Prometeo roba el fuego. Pero claro, si ya están viciados por el engaño, ¿para qué irá a utilizar el fuego del saber el ser humano, sino para nuevas y versátiles formas de lucha y sufrimiento? A Zeus no le queda otra que borrar a la raza humana con el diluvio, ya conoce la historia por las otras edades del hombre. Es como la sociedad que surge de Caín... tiene que ser purificada (con agua). En ambos casos, el diluvio.
De todos los valores del fuego que el mito griego despliega, el relato consigue que el ser humano reinicie su historia a partir de Hestia: el fuego del hogar. Deucalión y Pirra, los regeneradores de la humanidad, marcan ese nuevo inicio. Sin embargo, una vez más los valores causa-efecto están invertidos (como Hiperión con Helio): el fuego del hogar es el origen y la perversión viene después, pero en el relato (¿o es en la realidad?) se parte de una situación perversa aspirando a alcanzar la concordia.
Así, vemos cómo Prometeo representa los defectos del hijo, mientras que los castigos de Zeus demuestran la sabiduría del padre. Veámoslo ahora desde el punto de vista del hijo.
Es mucho más simple. El hijo rompe con la ley del padre. Como Crono con Urano, como Zeus con Crono, como tantos héroes: Perseo, Teseo, Edipo... El resultado es una nueva manera de pensar, que para la ley antigua supone una destrucción y para las leyes nuevas serán un nuevo padre para destruir.
Pero no seamos simplistas. Prometeo no ve en los castigos del padre un capricho vengativo (como lo interpretan, sin duda, los hijos mortales). Prometeo sabe (su nombre es “previsor” o “por delante del dios”) que sus actos conllevarán fatales consecuencias. Aún así actúa por amor a su creación. Prometeo es el padre que ama a sus hijos, ama la posición de hijo, desea que su hijo sea libre. Por tanto, le da la posibilidad de pecar, le da la vivencia del castigo, de comprender la ley y la destrucción. En definitiva, permite que se comprenda la ley, no sólo que exista, sino que se ejecute, no como un significado (variable) sino como función.
No olvidemos que todos los intentos de crear una humanidad habían sido un fracaso. La Edad de Oro de Crono no era humana, era el paraíso del instante. Las sucesivas edades de Zeus fracasaron porque la ley se cumplía irremediablemente, destruyendo los sujetos, no eran sujetos libres. Sólo en la creación de Prometeo, la rebeldía a la ley permite superarla, imponer nuevas leyes, y dar lugar a sujetos libres, en el constante fuego creador y destructor.

(Diciembre. 2011)


lunes, 9 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (2/5): Prometeo y Jesucristo

PROMETEO Y JESUCRISTO

Es fácil ver la analogía entre el mito de Prometeo y el mito de Jesucristo. Ambos hacen humano el atributo divino (materializan, “bajan”, lo superior de Hiperión a lo mortal). Ambos son castigados: la cruz equivale al encadenamiento en el Cáucaso. El águila devorando el hígado y el romano clavando la lanza en el costado presentan una analogía tan apabullante que parece un insulto al simbolismo.
Ambos pierden la condición divina y se hacen mortales: “Padre, por qué me has abandonado”. Pero en ambos casos el héroe recupera su inmortalidad. En el mito griego (como suele ser normal) está más desarrollado. Prometeo recupera la inmortalidad por mediación de Heracles (la función heroica y salvadora de Heracles es fundamental en la mitología griega). Por un lado, mata al águila y rompe las cadenas de Prometeo. Por otro lado, le permite a Prometeo un intercambio. Heracles había herido previamente a Quirón, el sabio centauro, con una flecha envenenada con sangre de la Hidra; esta herida hacía sufrir indeciblemente al centauro, que cedió su inmortalidad a Prometeo, con tal de librarse del dolor. Como vemos, el enlace de conceptos del mito griego es sospechosamente parecido al mito cristiano de la resurrección de Cristo y la redención de los pecados.
Prometeo era un ladrón, por amor al hombre. Jesucristo decía que no venía a romper con la ley de Moisés (la ley del padre, la ley de Zeus), sino a consumarla. En Jesucristo se cumplen perfectamente todos los sentidos de “ejecución” de una ley (recordemos que la sentencia de muerte de Jesús viene por una denuncia por incumplimiento del “sabat”, la primera ley judía). En Prometeo, el robo del fuego viene precedido por el debate sobre el sentido de “sacrificio”.
Si vemos estos mitos como una dialéctica entre los conceptos “luz”/“oscuridad”, “bien”/“mal”, “plano superior”/“plano inferior”, “lo espiritual”/“lo material”, “el saber”/“la ignorancia”... y lo conectamos con el sentido de sacrificio (todo/parte; eterno/perecedero), comprendemos que estos mitos están en la encrucijada de la definición del hombre. La dialéctica del fuego como destructor y purificador juega con la dialéctica del caos como destructor y creador, frente a las leyes antiguas y nuevas de los distintos dioses.


(Diciembre, 2011)

domingo, 8 de junio de 2014

PROMETEO Y EL ROBO DEL FUEGO (1/5): Dioses de la luz

DIOSES DE LA LUZ
 
El primer dios griego relacionado con la luz es Hiperión. En latín supongo que debería traducirse como “Superante”, el que está por encima. Esta superioridad establecida por los griegos es muy interesante, pues separa la luz de su concepción material y la lleva a una concepción estructural (de ahí que se asocie también la luz como aquello elevado en el pensamiento).
Helios, Selene y Eos son sus hijos, y representan las grandes luminarias celestes. Probablemente estas fueran las divinidades primeras, de las cuales luego se deduciría Hiperión. Pero, sabiamente, este nuevo dios se introduce como padre, y no como hijo.
El siguiente dios de la luz es Zeus, a través de su emblema: el rayo. Siendo el rayo, Zeus representa lo fulminante de la luz. Es una luz breve, instantánea y destructiva. La chispa divina. Un punto tangencial entre lo celestial (Hiperión) y lo terrenal.
Sus dos hijos, Apolo y Hefesto, terminan de desarrollar la disociación entre luz y fuego. En ambos casos se relaciona con la inteligencia. Apolo, la luz, es la razón, la verdad, la belleza y al mismo tiempo mantiene su papel fulminante, con sus dardos mortales. Hefesto, el fuego, está ligado a lo tecnológico, el saber práctico, lo maquinal, es feo pero sorprendentemente creativo.
Atenea, el intelecto práctico, la estrategia, parece derivar de una idea parecida a la de Hefesto; sin embargo los griegos hacen casar a Hefesto con Afrodita, su opuesto. Apolo es hijo de Zeus y Leto (=olvido, hija del titán Ceo =inteligencia y la titánide Febe =brillo; curioso hilvanado de conceptos este) y es padre de Esculapio, el médico. La luz está directamente asociada al saber de la muerte.
Falta una diosa más; Hestia, el calor del hogar. Hermana de Zeus, es la primera hija de Crono y Rea.

En este contexto divino, Prometeo roba el fuego a los dioses. Concretamente, el robo del fuego surge dentro de la disputa entre Zeus y Prometeo por el papel que debiera jugar el hombre con respecto a los dioses. Así pues, el mito de Prometeo es fundamental en el sentido de que marca la visión griega de la relación de lo divino y lo humano: ¿qué es el hombre en relación a los dioses?, ¿qué son los dioses con respecto al hombre?
El robo del fuego permite a los hombres el acceso a los valores “humanos” de la luz, marcados con los dioses olímpicos: Apolo, Hefesto, Hestia... No así al atributo de Zeus.

(Diciembre, 2011)